Por: José Jaime Vega
El aplazamiento del Festival Cuna de Acordeones de Villanueva debe preocuparnos. Y no solamente a los villanueveros.
Cuando un festival con casi medio siglo de historia, declarado Patrimonio Cultural y Artístico de la Nación, construido alrededor de una de las cunas más fecundas que ha tenido la música vallenata, encuentra dificultades para realizarse en las fechas previstas, lo fácil sería buscar culpables. Y seguramente habrá responsabilidades que revisar. Una junta directiva tiene el deber de planear, gestionar, anticiparse y conseguir los recursos necesarios para hacer viable el evento que administra.
Pero quedarnos solamente allí sería equivocarnos.
Lo que está ocurriendo con el Cuna de Acordeones puede ser el síntoma de una crisis mucho más profunda de los festivales folclóricos de nuestra región.
Y esa conversación tenemos que darla.
En nuestros pueblos nos hemos acostumbrado a pensar que los festivales son gratuitos. Queremos grandes artistas, excelentes tarimas, sonido de primer nivel, seguridad, logística, premios para los concursantes, publicidad, transmisión, espectáculos y varios días de programación. Pero alguien tiene que pagar todo eso.
Un festival no se hace con entusiasmo. Se hace con presupuesto.
Durante décadas construimos un modelo que depende fundamentalmente de tres fuentes: alcaldías, gobernaciones y Gobierno Nacional, complementadas con el aporte de algunas empresas privadas. Cuando alguna de esas fuentes falla, disminuye o llega tarde, comienza la angustia de las juntas organizadoras.
Villanueva conoce esa historia. En 2014 el Cuna de Acordeones tuvo que ser aplazado por dificultades económicas. Más de una década después seguimos enfrentándonos a problemas parecidos. Incluso en 2025, el principal convenio de apoyo del municipio al Festival, por $175 millones, fue suscrito apenas el 8 de septiembre, prácticamente encima de la realización del certamen. Eso no significa necesariamente que alguien haya actuado mal; significa que estamos financiando acontecimientos que deberían planearse durante doce meses con recursos que muchas veces se concretan semanas o días antes.
Hay además una paradoja que debemos entender.
Los festivales pueden perder dinero y, al mismo tiempo, producir riqueza.
No son la misma cuenta.
La fundación que organiza un festival puede terminar con dificultades financieras mientras los hoteles se llenan, los restaurantes venden más, los transportadores trabajan, las discotecas aumentan su facturación, los vendedores ambulantes hacen su agosto y cientos de personas encuentran ocupación temporal.
El Festival Francisco el Hombre de 2025 llevó la ocupación hotelera de Riohacha a alrededor del 80 por ciento y produjo incrementos importantes en alojamiento, gastronomía y comercio. Valledupar ofrece un ejemplo todavía más impresionante: durante la temporada del Festival de la Leyenda Vallenata de 2026 se estimaron más de $23.000 millones solamente en boletería de 27 conciertos y eventos musicales, además del impacto sobre gastronomía, hotelería, transporte y comercio.
Es decir: la cultura produce economía.
El problema es que buena parte de esa riqueza queda alrededor del festival y no necesariamente dentro de las finanzas del festival.
Ese modelo debe cambiar.
Tampoco podemos seguir confundiendo el derecho de la comunidad a disfrutar de su patrimonio cultural con la obligación de que absolutamente todo sea gratuito. Una cosa son los concursos de acordeón, canción inédita, piquería, las actividades infantiles, académicas y de formación, que deben conservar un profundo sentido popular y abierto; y otra distinta son los grandes conciertos comerciales con artistas nacionales e internacionales cuyos costos pueden ascender a cientos de millones de pesos.
La preservación del folclor debe ser accesible. El espectáculo comercial no necesariamente tiene que ser gratis.
Valledupar entendió hace años que alrededor del festival puede coexistir una oferta gratuita con espectáculos pagos. Ese esquema genera recursos, mueve una industria del entretenimiento y disminuye la absurda idea de que toda actividad cultural debe financiarla exclusivamente el Estado.
Y debemos ir todavía más lejos.
Nuestros festivales necesitan dejar de ser organizaciones que despiertan tres meses antes de la fiesta y convertirse en verdaderas instituciones culturales que trabajen durante todo el año.
Necesitan dirección ejecutiva profesional, planeación financiera, presupuestos plurianuales, gestión empresarial, estrategias de patrocinio, derechos de transmisión, productos oficiales, comercialización digital, alianzas con hoteles y agencias de turismo, paquetes de experiencias culturales y rendición pública de cuentas.
Necesitamos además utilizar mucho mejor las herramientas que ya existen. CoCrea, por ejemplo, permite que empresas y personas que inviertan o donen recursos a proyectos culturales avalados puedan obtener una deducción del 165 por ciento del aporte en la base gravable del impuesto sobre la renta. El propio Festival Francisco el Hombre ha estructurado proyectos bajo ese mecanismo. Hay allí una oportunidad enorme para vincular al sector privado regional y nacional a la financiación de nuestra cultura.
Villanueva cuenta, además, con algo que no todos los festivales tienen.
La Ley 1052 de 2006 declaró al Festival Cuna de Acordeones Patrimonio Cultural y Artístico de la Nación y estableció expresamente la posibilidad de que la Nación concurra a su promoción, conservación, desarrollo, financiación, funcionamiento y logística. Esa ley no significa que exista automáticamente un cheque anual —las apropiaciones dependen de las disponibilidades presupuestales—, pero sí constituye una poderosa herramienta jurídica y política que debería ser objeto de gestión permanente ante el Ministerio de las Culturas y el Gobierno Nacional.
Hace falta también algo más ambicioso: organizar un verdadero circuito de festivales vallenatos de La Guajira y el Cesar.
Villanueva, San Juan del Cesar, Fonseca, Urumita, Riohacha, Valledupar y tantos municipios que mantienen expresiones de nuestro folclor no deberían competir desordenadamente por los mismos patrocinadores, los mismos recursos públicos y muchas veces por fechas cercanas. Deberíamos construir un calendario regional, compartir capacidades de producción y promoción, crear rutas turísticas alrededor del vallenato y negociar conjuntamente con grandes empresas nacionales.
¿Por qué no pensar incluso en un Fondo Regional para la Salvaguardia y Promoción del Vallenato, con participación pública, empresarial y privada, que permita financiar de manera estable los concursos y procesos verdaderamente culturales?
No olvidemos algo que debería avergonzarnos: desde 2015 la UNESCO no incluyó el vallenato tradicional simplemente en una lista de reconocimientos honoríficos. Lo inscribió en la Lista del Patrimonio Cultural Inmaterial que requiere medidas urgentes de salvaguardia. Entre las amenazas identificadas se encuentran precisamente la pérdida de espacios tradicionales de transmisión y el desplazamiento progresivo del vallenato tradicional.
Entonces nuestros festivales no son solamente fiestas.
Son instrumentos de salvaguardia cultural.
Por eso debemos defenderlos, pero defenderlos también significa transformarlos.
El aplazamiento del Cuna debe servir para revisar lo que corresponda revisar dentro de su organización. Sin contemplaciones. Una institución de semejante importancia necesita gestión, anticipación, credibilidad y resultados.
Pero cometeríamos un error si pensamos que cambiando algunos nombres resolvemos el problema.
Lo que está agotándose es un modelo.
Durante muchos años hicimos festivales esperando que una alcaldía pusiera una parte, la Gobernación otra, el Ministerio otra, unas empresas completaran lo restante y que, al final, el pueblo pudiera entrar gratis.
Ese tiempo probablemente está terminando.
Si queremos que nuestros hijos sigan escuchando acordeones en las plazas donde nosotros los escuchamos, tendremos que comprender una verdad elemental:
la cultura tiene un valor incalculable, pero organizarla tiene un costo.
Y si verdaderamente queremos preservar nuestros festivales, debemos aprender también a pagarlos.

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