Katherine, orgullo guajiro en el rugby


¿En La Guajira se juega rugby? Esa es la pregunta que todos le hacen a Katherine Medina, primera y única representante de ese departamento en la preselección de Tucanes que se alista en Medellín para el qualy del Sevens World Series, que se realizará en Irlanda entre el 22 y 23 de agosto.
Ella es una morena alta, de cabello rizado, alegre, impetuosa y auténtica, que resalta el esfuerzo que ha hecho para tener esta posibilidad.
“Mi mamá (Maribeth Rodríguez) es cabeza de familia, trabaja como empleada doméstica e intento no pedirle nada porque tengo cinco hermanos y uno de ellos sufre de epilepsia, así que lo que ella gana es para ellos y para el tratamiento de mi hermanito de siete años”.
Por eso, en la Universidad de La Guajira, en donde estudia Ingeniería de Sistemas, hace las veces de monitora para que le paguen algún dinero y, también, integra el equipo de rugby, lo que le ayuda a costear parte de sus estudios y sus desplazamientos.
Es oriunda de Cotoprix, un pueblo que no llega a los 1.000 habitantes y que difícilmente se encuentra en los mapas de Colombia. Allí se ha hecho célebre por estas convocatorias a la Selección nacional de rugby (Las Tucanes).
El nombre del pueblo, comenta ella, es porque los primeros indígenas pobladores de esa localidad armaron las casas del árbol típico de la zona que se conoce como cotoperiz o cotoperí.
A Katherine la descubrieron para el rugby en 2011 cuando observaban su velocidad en 80 y 100 metros, modalidades que practicó en sus inicios deportivos. “Unas amigas me invitaron y al principio lo hacía por tener algo en que entretenerme, pero me enamoré del rugby”.
Compromiso con el pueblo
Pero, ¿cómo llegó el rugby a una región tan alejada del país? Fue de la mano de Simeón González, jugador de la Selección masculina y presidente de la Liga de la disciplina en ese departamento.
“Él busca masificar este deporte entre los niños y jóvenes y hay mucho talento”. Por eso, a futuro, Katherine quiere formar su propio club-escuela en Cotoprix.
“Lo que no quiero es que sea algo pasajero, que llegue, dicte un par de clases y me vaya dejando a los niños y jóvenes abandonados. Quiero que sea algo permanente, que pueda dar clases, mínimo, tres veces a la semana. Sé que para eso necesito dinero y quiero ser exitosa en mi carrera antes de realizar este sueño”, afirma con decisión.
La prueba más difícil que le puso la vida fue cuando, a los tres años, sus padres se separaron y a su mamá le tocó asumir toda la responsabilidad del hogar. Dice que el momento más feliz todavía no ha llegado. “Son tantos sueños los que tengo por cumplir que sé que poniéndole todo el empeño van a llegar. Lo que quiero es sacar a mi familia adelante con mi carrera, así algunos lo duden”.
Y es que cuando llega raspada a su casa después de un partido, le dicen que el rugby solo sirve para lastimarse y no le ven futuro. Pero ella, jocosamente responde: “no vieron cómo quedó la otra”. También conoce el dialecto wayuú y sus expresiones favoritas son tawara (amigo) o vamos rápido (maia tepinche), palabras que le salen como su historia de vida, porque la amistad ha sido parte de su sustento. Hasta ahora, no le ha faltado quién le tienda una mano y jamás se ha detenido para llegar lejos en su raudo andar
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