El triunfo de Santos


"El Uribismo confirma sus mayorías aunque está obligado a una segunda vuelta; ¿qué le pasó a Mockus y qué pasó con los partidos tradicionales y con los partidos emergentes? Un análisis inicial pero completo de las elecciones de este domingo".

Por: Ricardo García Duarte.
El resultado que arrojó la primera vuelta presidencial recompuso radicalmente el cuadro de expectativas que se generaron por efecto de las encuestas y por el florecimiento de un fenómeno de opinión que con todo no se tradujo en un sólido respaldo electoral.

De paso, obligó a que se produjera un aterrizaje brusco en las ilusiones que pudieron despertarse por la posibilidad de un cambio real en la línea de gobierno después de ocho años de un mandato que, como el de Uribe Vélez, termina su segundo período en medio de consecutivos escándalos. Aunque ahora ve cómo sus acciones se cotizan para continuar en el poder a través de su heredero el Doctor Juan Manuel Santos.

Los resultados no han podido ser más contundentes y las diferencias más nítidas. Cuando las encuestas, hasta bien entrado el mes de mayo, mostraron siempre unas mayorías equilibradas entre Santos y Mockus, la ventaja del primero en las urnas fue por el contrario de un nivel casi aplastante sobre su inmediato competidor, quien sin embargo conservó el derecho a participar en la vuelta definitiva -el 20 de junio-, de cara a la lucha por la Presidencia.

Cifras y resultados

Con el 46,6% de los votos, Juan Manuel Santos -el candidato del partido de la "U"- respaldado por el gobierno de Álvaro Uribe, consiguió ese impresionante score, doblando ampliamente a Antanas Mockus, el fenómeno de la opinión durante la primera mitad de la campaña, cuya fuerza se redujo a apenas el 21,5% de los votos.

De esa manera, la que estaba destinada a convertirse en la otra mayoría dentro de una primera vuelta, casi queda confinada a la condición de otra de las tantas minorías que se emplean a fondo más para afirmar su presencia y su identidad que para aspirar realmente al triunfo final. En realidad, Colombia quedó flotando entre una mayoría indiscutible y una pequeña constelación de minorías políticas.

Si Antanas fue un fenómeno de opinión que no se tradujo en fenómeno electoral, Santos -el del uribismo-, fue por el contrario el "no-fenómeno" de opinión que se tradujo finalmente en sorpresa electoral, pues después de estar bordeando apenas el 35% de las intenciones de voto, se apuntó a un respaldo en las urnas del ya mencionado 46%; esto es un 11% más del hipotético apoyo que recibía en las intenciones de voto.

Fuente: Registraduría Nacional del Estado Civil


El anterior resultado quiere decir que probablemente las encuestas no reflejaban el nivel de arrastre efectivo que en las regiones y en el mundo local tienen los aparatos de partido tales como el de la "U", con su ejército de dirigentes y parlamentarios y con esa red intrincada de vínculos que los unen con la administración del Estado.

De ese modo, la capacidad de arrastre de la "U", de los políticos y del gobierno, podría aparecer subvalorados, mientras que la fuerza de la alternativa mockusista, mero fenómeno de opinión, sin estructuras de partido o de Estado, podría parecer un tanto exagerada.

Mockus: fenómeno de opinión sin fenómeno electoral

Por otra parte, el debate electoral en los medios de comunicación, donde los candidatos tuvieron una amplia exposición ante el público, dejó ver vulnerabilidades en el candidato Mockus, debilidades e inseguridad en la presentación de sus propuestas programáticas.

A este lado débil se agregó la estrategia de sus adversarios en el sentido de presentarlo como un "salto al vacío"; como si hubiese que temerle a un triunfo suyo en el sentido de que por algún sortilegio misterioso convocara los males más detestados por los colombianos, Hugo Chávez y las FARC.

Tales ataques encontraban un buen aliado en las contradicciones del propio Mockus; en sus titubeos al dar cuenta de aspectos importantes en su programa; y sobre todo en sus errores de apreciación como las inadecuadas opiniones sobre el Polo Democrático o como las respuestas un tanto desatinadas sobre el salario básico de los médicos generales.

Fueron errores e inseguridades, suficiente y eficazmente utilizadas por sus adversarios para desinflar la ola de opinión que lo alzaba como alternativa de cambio. Y para hacerlo ver como poseedor de manifiestas fallas en su preparación como gobernante.

Finalmente, se abanderó durante los últimos días, con un énfasis inusitado, del programa para elevar impuestos; lo cual -aunque constituye un planteamiento serio cuando se habla de aumentar el gasto para la inversión y el funcionamiento- no es propiamente el expediente más fácil para seducir al electorado. Al hacerlo, era evidente que le regalaba el terreno para que su principal contendor pudiese ofrecer con liviandad la promesa de que no aumentaría impuestos, algo que suena como dulce melodía para los votantes.

En consecuencia, descubrió varios flancos débiles por donde podrían pincharle el globo en el que ascendía su candidatura como fenómeno de opinión. Por cierto, el debate en los medios permitió, ver también por el contrario, que candidatos como Petro y Vargas Lleras, en principio condenados a la marginalización, estaban preparados para presentar muy razonadamente unos programas bien elaborados.

La consecuencia no pudo ser otra distinta al hecho de que por todos los flancos le mordieran potenciales votos de opinión a Mockus durante todo el mes de mayo. No de otra manera se explica su caída desde el 35% o más en las intenciones de voto hasta el nada ambicioso 21% en el resultado efectivo; un margen de desinfle tan grande que no podría entenderse solo por las fallas técnicas en las encuestas.

Le mordió votos Santos entre los uribistas relativamente "sueltos" que podrían mirar con simpatía la propuesta ética de Mockus. Le mordió votos Vargas Lleras, quien recuperó los adherentes que se le escapaban, al tiempo que le arrebató una buena porción de jóvenes votantes en las ciudades. Y también Petro, quien tuvo una recuperación notable en la parte final de la campaña, haciendo regresar a electores de centro con sensibilidad de izquierda, que no están de acuerdo con que al Polo se lo asocie con la lucha armada o con que se rechacen las posibilidades de un intercambio humanitario.

Con no poca dosis de arbitrariedad intelectual, uno podría aventurarse sin embargo a lanzar la hipótesis de que cada uno de ellos -Santos, Vargas Lleras y Petro- se le llevaron un 5% o 6% de ese electorado que gravitaba inicialmente alrededor de Mockus.

Las corrientes electorales

El fuerte golpe de póker que en el juego electoral ha propinado Santos deja ver la persistencia de ciertas tendencias electorales en el mediano plazo.

El uribismo continúa siendo la fuerza hegemónica. Es mayoritaria y revela su capacidad para reagrupar los segmentos más fieles.

En el 2006, Uribe consiguió el 62% de la votación en la primera vuelta. Ayer, 30 de mayo de 2010, la suma de Santos, Noemí y Vargas Lleras -los candidatos de la coalición uribista- han sumado justamente el 62%.

Pero al mismo tiempo, el desequilibrio entre sus fuerzas, que favorece sólidamente a Santos, indica la existencia de un bloque alrededor de Uribe (de Santos, hoy), que garantiza una fuerza que no se deja desagregar fácilmente, con independencia de los distanciamientos que provoquen sus asociados cercanos.

En resumidas cuentas, el uribismo ha sabido sustituir al viejo bipartidismo, al tiempo que se ha afincado en el control de una masa electoral de proporciones similares a la de ese antiguo régimen, a la cual representa y moviliza.

De otra parte, la izquierda se revela como una fuerza capaz de sostenerse en una franja que corresponde al 10% del electorado.

Aquella recomposición deja sin embargo el margen suficiente para la aparición de movimientos coyunturales de opinión, con una base relativamente amplia, el 20% del electorado, fenómeno confirmado por la votación de Antanas; y desde cuya base es posible atraer un electorado flotante, proveniente de las otras fuerzas, tanto de centro-derecha como de centro-izquierda. Circunstancia ésta que podría hacer crecer un movimiento político de opinión hasta el 30% o 32% de los ciudadanos que sufragan.

No sin dejar de reconocer que estos movimientos adolecen de una dificultad casi estructural para traducir su impulso de opinión en una representación parlamentaria con un peso más o menos respetable.
¿Y los partidos?

Esta recomposición en las corrientes de opinión, en un lapso que ya va para una década -en la que se ha visto la supervivencia de un bipartidismo que se mimetiza para sobrevivir al cobijo de esa manera particular de hacer política, característica de Álvaro Uribe-, tiene también efecto en la existencia de los partidos; en el lugar y en el papel que ocupan.

Las elecciones que acaban de realizarse han emitido o casi un certificado de defunción para los dos partidos históricos dentro del sistema político colombiano. O al menos para sus opciones presidenciales. A Rafael Pardo, el candidato del Partido Liberal, el electorado lo ha desplazado al reducido margen del 4%, menos aún que el 5%, ese porcentaje, especie de fetiche que para muchos serviría de umbral a fin de determinar si un partido es competitivo o no dentro de un sistema equilibrado de partidos.

Al mismo tiempo, a Noemí Sanín -la candidata del Partido Conservador-, los resultados la han situado de modo perentorio en un menos que precario 6%, cifra proporcional que como es evidente la coloca cerca del fatídico 5%, puerta de entrada para la insignificancia política.

En tales circunstancias, el sistema de competencia democrática está ante la casi inminencia de que los dos partidos que hegemonizaron durante 150 años la vida política, desaparezcan como opciones de significación real, al menos en lo que concierne a la disputa por la Presidencia, referente mayor del juego por el poder.
Es evidente que buena parte del electorado tradicional, en uno y otro partido, es capturado por el uribismo y por la "U", lo que condena a los partidos a ser tan sólo aparatos parlamentarios, sin ningún juego en la disputa por el gobierno, como no sea asociándose con quien lo controla o con quien se le opone.

Así, el efecto de sustitución del viejo bipartidismo por el nuevo uribismo -con los mismos gamonales y con nuevos empresarios políticos- tiende a marginalizar a los partidos tradicionales sin dejar de prolongar el régimen de la república clientelista; aunque también deja espacio para movimientos de coyuntura capaces de simbolizar la idea de un cambio político.

Aunque maltrecho por sus resultados modestos, el Partido Verde de Mockus ocupa por ahora ese campo electoral, posible para tal tipo de alternativas de cambio.

En estos próximos veinte días tiene apenas el tiempo para decidirse a consolidar ese campo social propicio políticamente para las alternativas legales, dentro de un país aparentemente poco fértil para ellas

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