En La Guajira, como nunca antes, los niños están muriendo de jamushiri.

Por: Wilson Alfonso Daza Cárdenas.
¿Han visto ustedes el rostro de un niño desnutrido? No existe otra imagen que cuadre mejor con la expresión muerto en vida. Es una criatura cuyo espíritu le pide exploración, juego y amor, con una mirada perdida que intenta ser alegre pero desdibujada por la palidez del hambre y la debilidad. Mira, pero no ve; oye, pero no escucha. Vive en un constante letargo, pero sus ojos no se cansan de suplicar por comida.

Hago la pregunta porque, hoy, pasadas algunas fiestas en el Departamento, no he podido olvidar un episodio doloroso. Más o menos una semana antes del Festival Cuna de Acordeones, un sacerdote muy conocido en Riohacha llamó a una emisora local para clamar por ayuda para los niños guajiros, especialmente los pertenecientes a la etnia Wayú porque cinco de ellos para ese entonces habían muerto de física hambre y otros estaban en camino de perecer también por la misma causa.

El clamor del cura fue enterrado por argumentos políticos que buscan tapar el sol con el dedo meñique. Aunque es claro que nunca antes se había visto agudizarse en forma tan grave el problema de la desnutrición en La Guajira. Pasado el incidente, las preguntas no se hicieron esperar: ¿Qué se está haciendo por combatir el hambre de los niños en nuestro Departamento? ¿Qué ha pasado con esa inmensa cantidad de recursos que se han gastado, supuestamente, para combatir el hambre (jamushiri) de nuestros pequeños? Nadie respondió y nadie responderá, como siempre. Lo cierto es que las imágenes de niños muertos por desnutrición ya no son exclusivas del Chocó; ahora están tocando nuestras puertas.

En efecto, los niños pobres de nuestro Departamento están esperando por alguien. Nos ven pasar por las carreteras y por las calles; nos ven entrar y salir de tiendas y supermercados; ven a nuestros hijos felices en la abundancia; pero nosotros no los vemos a ellos. La razón es que creemos que esa es una función del Gobierno Departamental. Pero si miramos nuestra historia reciente y a sus protagonistas debemos caer en cuenta de que eso es un caso (por no decir otra cosa) perdido.


De ahí que la ciudadanía deba asumir su responsabilidad y convertirse en ese alguien a quien esperan los muertos en vida. Para eso, propongo darle a las Damas Rosadas de todo el Departamento el protagonismo que merecen en torno a esta causa porque la historia ha demostrado que son una organización que trabaja con desinterés y con amor por los problemas sociales.

Concentrémonos los ciudadanos del común en organizarnos para aunar esfuerzos alrededor de soluciones reales para nuestros niños. Si analizamos bien, ese tipo de causas sólo requieren de mínimos aportes individuales que cuando se juntan en una gran convocatoria pueden ser la solución definitiva y el comienzo de un cambio cultural importante. Vamos por nuestros niños sin intereses mezquinos para que el futuro de La Guajira sea forjado por el propio pueblo.

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