El Estado que soñamos


Por: JOSÉ FONTALVO DE LA HOZ

El estado Colombiano considerado, por circunstancias de diversa naturaleza y origen, en situación crítica que lo podrían llevar al desbordamiento de su institucionalidad y lanzarlo a una de la peores debacles de su historia necesita para su recuperación una alta dosis de reingeniería política, social, económica, cultural y filosófica. El remedio para esta enfermedad que padece nuestra nación no puede ser un simple placebo que dé la sensación que el mal se está atacando en sus raíces cuando se ven caer a pedazos los componentes de la unidad nacional. Estos males asoman desde el instante en que sus habitantes toman caminos torcidos y, todos a una, se la enfilan por considerarlo el peor enemigo, llevándolo a la situación en que hoy se encuentra, tal vez, por acción u omisión de sus dirigentes que no tomaron a su debido tiempo los correctivos para no estar lamentándonos de lo que estamos padeciendo con actitudes vergonzosas que ofenden la dignidad de la nación.

El hombre digno, honesto se descompuso se transformó en otro diferente, con valores y principios contrarios a la sociedad. Este tipo de hombre no es el llamado a orientar y dirigir los cambios que se deben dar en esta sociedad descuadernada. Necesitamos otro hombre. Difícil encontrarlo. Debemos formarlo. La tarea es larga y dispendiosa. El que no comienza no termina. Comencemos revolucionando el sistema educativo y por allí creemos haber dado el primer paso para la formación del nuevo hombre del que hablamos y del que tanto carecemos.

En los tiempos de Diógenes de Sínope se vivía una crisis de valores en la ciudad-estado de Atenas, si no igual, semejante a la vivida en Colombia por estos días, que lo llevan a buscar por las calles de la ciudad, en pleno día con una linterna encendida, a un hombre honesto sobre la faz de la tierra capaz de enderezar el rumbo perdido a esa prestigiosa ciudad, cuna de la democracia mundial.

El hombre al que se refiere Diógenes y el que necesita Colombia no es uno solo, sino todos los hombres del país, que sumados forman uno, la nación sobre la que descansa la soberanía nacional.

Formado y estructurado ese nuevo hombre con principios, valores, conocimientos y todo lo atinente a la revolución tecnológica habremos dado un paso en firme para salir de este atolladero que nos mantiene en ascuas y aproximarnos a un estado libre de perversidades y malas intenciones donde todo tenga luz propia y la oscuridad no sea cómplice de la impunidad. Este nuevo hombre debe ser resultante de la revolución cultural que necesita urgentemente nuestra nación para que sirva de raíces sólidas y se pueda consolidar un estado moderno con asepsia a todo tipo de corrupción.

Estamos en un momento de desbarajuste social donde se han perdido algunas señales claves para la acertada dirección del país debido a la gestación y desarrollo de fuerzas emergentes muy poderosas difíciles de controlar y por ende de erradicar.

La presencia de este nuevo hombre y sus ejecutorias en el espacio colombiano nos abriga las esperanzas de pisar el umbral de un nuevo estado que sustituya no por capricho, pero sí por necesidad, a este vetusto y fornido que ha cumplido con creces las obligaciones y compromisos encomendados por sus mentores, sabios representantes de sus representados.

El nuevo estado debe ser el escenario de una sociedad con todas las necesidades resueltas, comenzando por la atención a la salud, educación gratuita y obligatoria en todos los niveles, oportunidad de trabajo para todas las personas y con ello descender el índice de pobreza, facilidades para la adquisición de viviendas e impedir que los pobres construyan en zonas de alto riesgo situación que se convierte en un círculo vicioso porque las catástrofes son cíclicas y por tanto los pobres jamás dejarán de ser pobres y desvalidos. Mejoradas ostensiblemente las condiciones de la sociedad colombiana, entonces sí, se procederá a refundar el estado para dar paso a una república con instituciones fuertes, respetadas y permanentes, capaces de resistir la osadía de los atrabiliarios que no dejarán de existir y meter sus narices para no solo desprestigiarlo sino para llevar una vida fácil a costa de los recursos nacionales, propiedad de todos los asociados.

El hombre que ha surgido después de la debacle es ideal para poner freno al veneno de las democracias: el narcotráfico. Éste engendró el paramilitarismo que no solo muertos nos ha dejado sino ha tomado los hilos de la administración al filtrar sus instituciones y compartir con las autoridades legítimamente constituidas. Atacará a la corrupción y la delincuencia de todas las denominaciones consideradas estorbos insoportables en todas las democracias. Un estado con un alto nivel de vida asfixiará en sus inicios a todos los movimientos que inciten a la rebelión por carencia de una base social donde desarrollar el trabajo de concientizacion.

Tendríamos pues el anhelado estado fuerte, resistente, sin problemas y con una nación consolidada y no una montonera de gente. No estaríamos ante el dilema de extraditar a los narcotraficantes, perdonar a los parapolíticos, atacar y perseguir a la guerrilla si tuviésemos un estado sin flaquezas y debilidades económicas, políticas, sociales y culturales.

Construyamos el nuevo estado.

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